martes, 12 de mayo de 2009

Ajena...dolorosamente ajena.

Hoy la he vuelto a ver ajena, si, esa es la palabra, ajena.

Al menos en el exterior, en la fachada donde sus sonrisa solia posarse a cualquier hora o un gesto adusto y terco indicaba alguna evidente cagada por mi parte.

Pero esta tarde no, esta tarde se ha vuelto a repetir esa oscilación de cabeza, ese gesto de ``no me importa lo que digas, porque se lo que me vas contar, y me suena a viejo´´.

El problema es que tiene razón, razón como siempre y al dársela nunca la acepta. Pero no tiene la culpa. No tiene la culpa de que me haya relajado, de que siga sin medir mis actos, quizás antes más disimulados por un aura de desconocimiento mutuo.



Pero hoy no es como hace ya casi 7 meses, 7 meses trepidantes,rápidos, maravillosos. 7 meses donde movidas como la de hoy podrían pasar como anécdotas o que pensabamos enterradas.

Ya no somos desconocidos, de hecho, nos conocemos demasiado bien.

Pero hoy no, hoy a sido diferente. Algo se me ha volcando volviendo al este alfeizar, un sentimiento frio y atroz. Un terremoto que exige un cambio de rumbo, porque habría algo peor que verla ajena, y eso sería no verla.

Lo siento.

lunes, 11 de mayo de 2009

Viajecito en tren

Ya era hora de escribir algo después de tanto tiempo.Mi gran admiradora
se impacientaba y ya llevaba más de un mes sin actualizar. Esta historia es real, en un tren cómo el de la foto y concretamente me llevo a Pamplona desde Barcelona. Lean con mucha atención:

-Buenos días señora, ¿a dónde se dirige?
-A Tudela.
-Vale. Billete por favor...vamos a ver. Un momento.
-¿Sí?
-¿Esa maleta es suya?
-Sí, ¿ pasa algo?
-Pues va a tener que sacarla del tren.
-¿Cómo?

Y se montó. Movida en el vagón. Son las 9,30 de la mañana del primer domingo de mayo y el Talgo procedente de Barcelona se encuentra estacionado en Zaragoza. Una maleta del tamaño de un ataúd hace posible que todo un compartimento del tren se desperece. Pero la cosa no paró ahí.

-Vamos a ver, esta maleta excede las medidas reglamentarias de equipaje.
-Pero en el billete pone que el equipaje de los viajeros puede ser hasta 20 kilos ¡ Y no pesa tanto ! ¡ En el avión no ha habido ningún problema!
-Lo siento señora, pero no cabe en el portaequipajes y tampoco la puede poner en otro asiento, ha de bajarse por favor. Si ha leído, en su billete se establece que las medidas por bulto no pueden exceder los 250 cms entre alto, largo y ancho, y perdone que le diga que en su maleta cabe un muerto.
-Oiga, a mi no se me ponga chulo, ¿eh?

Los ánimos iban crispándose y la audiencia se empezó a interesar por las diferencias entre el revisor y la cliente. De hecho, hubo un posicionamiento entre los viajeros, la gran mayoría se alineó a favor de los derechos de la señora y en contra del revisor, mientras otros querían que el tren continuase su camino y que la dama se fuera en autocar o a pata, pero que se fuera. Y dos o tres seguían dormidos.

-Señora, por favor, salga del tren. Podemos estar aquí cinco minutos, viente o cuatro horas. El tren no arrancará hasta que usted no se baje.
-Quiero hablar con el interventor del tren, y con seguridad ¡Y también con el maquinista !
-Cómo usted quiera, pero vaya bajando.
-Que venga primero el maquinista.
-Sin falta señora, enseguida vuelvo.

Y desapareció a buen paso por el pasillo hacia la cabeza del tren.
Era curioso ver cómo la señora cada vez perdía más los nervios y comenzaba a vociferar, mentando por lo bajo a la madre del revisor, a la porquería de los trenes españoles, a la basura del Talgo... mientras el revisor se mantenía firme y sereno ante el chorreo.

En esto que aparece de nuevo el revisor con el interventor del tren, y escoltados por dos fornidos muchachos de Prosegur.

-Buenos días señora, soy el interventor de este tren. Mi compañero, el señor Roberto L. me ha informado de lo ocurrido aquí. Verá, la normativa de RENFE, - que seguro mi compañero le ha explicado con amabilidad- establece que las dimensiones por equipaje no deben exceder de 250 cms de ancho, largo y alto. Y como claramente se puede observar, su maleta supera las dimensiones permitidas.
Parecía que el señor interventor se sabía el diálogo de memoria y que lo repetía unas dos o tres veces por semana. La señora, desarmada y rodeada, no tuvo más remedio que irse, pero sin callarse.
-¡Esto no quedará así ! ! Me voy! ¡ Pero quiero el libro de reclamaciones ! ¡ Son una pandilla de incompetentes!
-Que si señora, que si... pero váyase, que el tren entero espera.


El vagón culminó en una salva a aplausos y pitidos contra el revisor, que seguía como ajeno a todo aquello. La señora se fue. Pero eso daba igual, arrancábamos de nuevo.
Todo quedó en la memoria del vagón y en la rutina del revisor.

domingo, 5 de abril de 2009

Hoy: La ciudadela

Queda poco para volver a casa unas semanas, merecido descanso sin duda y desde una Belagua casi vacía, publico mi práctica mas laureada académicamente....

Dedicado a quien nunca dedica sin dedicar...


Cuando uno llega a Pamplona desde otra ciudad corre el riesgo de encajonarse en el campus universitario, o en determinados tugurios nocturnos con glamouroso nombre. Esto suele pasar en gran medida a los residentes colegios mayores.


Esto no me pasó a mi, ya que tuve la suerte de encontrarme con una estrella de piedra en el corazón de la ciudad. Y allí fue donde yo me encajoné.


Una estrella que comenzó a gestarse en 1571 por orden de Felipe II. Me estoy refiriendo a la Ciudadela. Realmente ya no es una estrella perfecta, ya que una parte de su estructura tuvo que ser derribada para dar paso a uno de los ensanches pamploneses.


Lugar de paso obligado cada vez que me dirijo al centro,y casi simbiosis perfecta con el entorno natural. Sus enormes muros, sus baluartes y contrafuertes, sus troneras y hasta sus garitas le dan un ambiente casi tétrico e inexpugnable, pero realmente es un espacio muy bello y acogedor.


La naturaleza viste la ciudadela, le da vida y esplendor, empaque y lustre. No sería lo mismo sin los orgullosos árboles que la decoran: secuoyas, pinos, abedules....

Incluso la cultura también hace acto de presencia, ya que las antiguas estancias del recinto son hoy salas de exposiciones e incluso se celebran bodas en su antigua capilla.


Me sorprende que una antigua fortaleza militar sea hoy un espacio tan lúdico y bien aprovechado donde todos conforman una estampa casi perfecta: parejas de novios embelesados, mirones de estos últimos, abuelos con sus nietos, clases de educación física, ornitólogos, amantes de la historia, amigas comiendo pipas, meros transeúntes, deportistas...y algún que otro estudiante universitario.


A veces observo con envidia a la gente en ese oasis natural y el tiempo se me escurre cuando voy alguna tarde de tedio o nostalgia. La ciudadela de Pamplona me recuerda sitios que no visitaré y me transporta a tiempos en los que no he vivido. Me gusta pensar que es un refugio y un lujo para todos, más que un lugar de paso.


He tenido la suerte o desgracia de estar allí en todo tipo de situaciones y bajo todo tipo de condiciones climatológicas,como cuando el sol incide en sus recias paredes y al entrar tienes la sensación de estar en el patio de armas del palacio del Rey Arturo, cuando sopla el viento helado y buscas refugio en sus túneles, o simplemente cuando te guareces de la lluvia. Una vez casi me quedo encerrado ( sin querer, claro está) en ella, ya que la policía cierra sus puertas a las 10 de la noche y yo volvía distraído a casa...


Estoy casi seguro que cientos de poetas han recitado en ella con el corazón roto, o que ha habido tantas declaraciones de amor en sus entrañas como cañones la rodearon alguna vez, eso sin contar los besos o risas, pero sin olvidar las rupturas y disputas. Todo habrá quedado allí. Entre la vuelta al Castillo, la avenida del Ejercito y la nueva estación de autobuses de la bella ciudad de Pamplona.



Hasta otra, lamento los retrasos de publicación...